PASCUA PENITENCIARIA 2004 (JMV SEVILLA)

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”
(Mt, 5, 5-7)

PASCUA PENITENCIARIA 2004

“Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui peregrino y me acogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a mi.” Mt 25, 35-37.

    Cuando por primera vez oí la invitación de visitar una prisión sentí como muchos recelo y las dudas asaltaron a mi cabeza: ¿será peligroso? ¿estaré cara a cara con los internos? ¿qué voy a hacer yo allí entre tantos presos? ¿sabré cómo actuar?… y decenas de preguntas más que si no se las llega a plantear uno mismo, te las cuestionan los demás, entre los que, sin duda alguna, forman un grupo importante los miembros de tu familia y más allegados, que dudan de la seguridad de esos centros y del trabajo que vas a realizar allí.

     Por supuesto lo primero que hay que saber es que uno no va a hacer nada en concreto a ese lugar. Simplemente (y ya es un trabajo) se va a ESTAR. Y Estar con letras mayúsculas, porque de eso se trata, de compartir y acompañar a unas personas que desde un principio se nos muestran culpables. No es cuestión de juzgar, pues ya tuvieron en su tiempo un juicio más o menos justo, se trata de comprender y ver a Dios en esas personas, que aprenden con el tiempo que la libertad no se puede enjaular entre cuatro paredes, sino que la libertad está en el alma y es ahí donde ellas y ellos se hacen fuertes para sobrevivir.

PASCUA PENITENCIARIA 2004

    Cuando llegamos el primer día, se nos negó la entrada por un problema de secretaría y tuvimos que volvernos a casa con la ilusión bajo el brazo y un montón de inquietudes y dudas. En un principio allí estábamos un grupo de JMV de 18 jóvenes mayores, algunos ya habíamos estado en alguna otra prisión de visita y otros jamás habían entrado en una penitenciaría de alta seguridad como era aquella de Algeciras. Eso no hizo más que unir nuestras ganas de compartir una pascua diferente llena de sentido, tal como Jesús nos enseñó viviendo el Evangelio, no solo leyéndolo. Y así fue, cada una de las internas con las que hablábamos en mil lenguajes distintos, nos daba muestras de su propia pasión, de su sufrimiento diario, incluso de la falta de derechos y la total ausencia de dignidad de la que se veían privadas cada día. En sus rostros no había enfado: En las veteranas (y digo veteranas porque ya podían disfrutar de algún permiso y cumpliendo el final de su condena) se apreciaba ese pequeño toque de resignación y conformismo que apaga la sonrisa de las personas. En las más primerizas se podía reconocer la duda, la incertidumbre y a veces esas ganas de alegrarse para que el tiempo transcurra siquiera un poco más aprisa de lo que el reloj de sus vidas marcaba. Fuese lo que fuese, Dios estaba con nosotros, casi lo podíamos respirar cada vez que éramos testigo de las experiencias de las mujeres y lo sentimos más cerca que nunca cuando conectamos con ellas a través de la música y el baile.

     Habíamos llevado instrumentos diferentes para preparar la celebración de la Palabra que iba a tener lugar el miércoles por la tarde y aprovechábamos ese tiempo que estábamos allí para ensayar las canciones y hacer los carteles. Pero eso era tan solo la excusa para estar con las internas, porque lo que aconteció de esa intención fue muy diferente a la idea inicial. En cuanto retumbó la caja y las cuerdas de la guitarra marcaron los sones del sur, las internas acompañaron con palmas y compases las bulerías y los tanguillos, las sevillanas y el cante gitano en general, que bullía como desesperado por salir de aquellas mujeres. Daba igual la edad, el arte no tiene tiempo ni espacio no conoce más que un lenguaje, el del alma. Y así pasaba velozmente el tiempo sin a penas darnos cuenta, en una improvisada fiesta andaluza con los bailes y las risas de todos nosotros.

PASCUA PENITENCIARIA 2004

    Cuando salíamos no teníamos la sensación de no haber aprovechado el tiempo en hacer los carteles y ensayar las canciones, lo que nos estaba ocurriendo era más de lo podíamos imaginar, nos estaban regalando parte de su libertad y Dios estaba manifestándose con más fuerza en nuestras vidas.
Tuvimos, sin embargo, varios problemas, sobre todo con el personal de vigilancia, pues nos trataron de manera descortés como si les molestara nuestra presencia. Si así nos trataron de mal a nosotros, no quiero ni imaginar cómo tratan diariamente a las internas.

     Al terminar la corta experiencia a todos se nos quedó la misma sensación: la necesidad de volver el año que viene.

     Quizás la cosa más importante que hallamos aprendido es simplemente que la libertad de una persona no se puede retener entre barrotes, suele esconderse entre los rincones del duende de cada uno y quien te hace partícipe de ella te está regalando un gran tesoro: la posibilidad de ver a Dios en cada instante de tu vida.

[Pastoral vicenciana]

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