JMV. PASCUA 2006
pASCUA 2006

¡CUÁNTO HE DESEADO VIVIR ESTA PASCUA CONTIGO!

   Así nos recibía el mimo Jesús el miércoles santo cuando  llegamos a La Línea, para comenzar el duro y a la vez gozoso andar de la Pascua. Nos recibía con cariño, con brazos abiertos, como siempre hace Él, o al menos así lo sentí yo… Y yo acudí a su llamada. Fui a acompañarlo, a vivir con Él esos días de sentimientos encontrados, días de amor, de dolor, de muerte, de gozo… Pero empezaré por el principio de los tiempos.

   El miércoles por la noche, después de que ya los cuarenta apóstoles que acudimos a la llamada del Padre, nos encontramos  reunidos, nos dispusimos a entrar en ese ambiente de recogimiento y serenidad propio de la Pascua, comenzando con nuestra primera reflexión… ¿cómo vengo a la Pascua?¿qué traigo conmigo? Y cada cual reflejo en un pequeño cuaderno, sus ilusiones, miedos, alegrías, tristezas… Para después colocar dichos cuadernos en un lugar donde quien quisiera pudiera acceder a ellos y escribir a alguien, unas pocas letrillas. Cada uno nombramos a nuestro cuaderno con un pseudónimo  para que nadie supiera a quien  estaba escribiendo. Así creamos como un pequeño foro de intercambio de sentimientos y motivos de esperanza para todo el camino de la Pascua. De esta manera, yo en mi cuaderno llamado “Silencio” dejé unos pocos de sentimientos escritos para compartirlos con todos. Llegué a la Pascua, serena, tranquila, y esperando en silencio…, algo que no suelo hacer en mi vida diaria, porque está llena de ruidos que no me dejan oír a Dios.

   Y así amaneció EL DÍA DEL AMOR FRATERNO. Fue un día de amor comunitario, de amor compartido. Y lo viví de un modo especial, porque en cada sonrisa, en cada abrazo y en cada detalle descubrí que Jesús tiene muchos rostros y diferentes mensajes en las palabras de cada persona que en  aquel día se dirigieron a mi. Podría escribir un libro con todos los gestos de cariño, ternura y servicio que presencié en aquel día. Pero no puedo evitar que venga a mi mente la imagen de cada uno de nosotros ciñéndonos la toalla, y lavándonos los pies unos a otros como hizo el mismo Jesús con sus apóstoles, o mejor dicho, encontrando la  presencia de Jesús poniéndose al servicio, sorprendiéndonos con tanto amor. Después compartimos con Él la cena de la Pascua, con el cordero, el pan ácimo, las endivias y el vino como protagonistas. Aquella cena había sido preparada por unas manos esmeradas. Éramos una autentica familia, ana auténtica comunidad, que celebraba, vivía y compartía.  Ya era tarde cuando acabamos de cenar, las doce o la una de la madrugada, y Jesús nos llevo a Getsemaní. Estábamos cansados, el sueño se hacía presente, como una espesa nube que no nos dejaba ver lo que estaba ocurriendo. Sabíamos que era la hora, que pronto lo prenderían, y como buenos amigos suyos a pesar del cansancio estuvimos acompañándole, velándole durante toda la noche, sin dejarle sólo, igual que Él no nos abandona a nosotros en nuestros propios Getsemanís…

   ¡Qué duro fue el camino hacia el Gólgota! ¡Cuántas veces caíste al suelo!. Mientras,  te mirábamos desde lejos, te acompañábamos lentamente, aumentando el peso de tu cruz, añadiéndole el peso de nuestras ataduras, de nuestros pecados. Fue un vía crucis silencioso, que duró hasta el medio día. Teníamos hambre, era día de ayuno y silencio, teníamos miedo, porque nuestro mayor AMOR estaba sufriendo por nosotros. Y te matamos, te clavamos en la cruz. Sí, sí, parece irreal, ilógico, miserable, pero fuimos nosotros quienes te clavamos, los que nos llamaos amigos tuyos, los que decimos ser Cristianos, los que te negamos como lo hizo Pedro, los que te entregamos como Judas… En cada clavo una atadura, un pecado, una tristeza, un miedo…Y sólo quedó la nada, el abismo, la soledad. Ya no estabas, te habías ido, y nos sentimos traicionados, y odiamos al mundo y arrojamos nuestro odio, en forma de bola negra de plastilina, contra todas aquellas situaciones de pobreza, miseria, corrupción, vicio … ante las que sentíamos impotencia y no podíamos controlar.

   El sábado vimos tu cuerpo envuelto cuidadosamente entre vendas y sábanas. Sólo podíamos adivinar tu silueta allí abajo. Era difícil comprender el sentido de todo aquello. Echamos un vistazo a nuestras propias vidas… ¡Cuántas cosas cambiaríamos! Estábamos arrepentidos por no haberte seguido, o escuchado cuando estabas con nosotros. Y entre pensamientos, reflexiones, y alguna que otra lágrima nostálgica por tu ausencia transcurrió el día…

   Pero Dios nos observaba sonriendo. Él sabía que el CAMINO no había terminado, Él sabía la VERDAD, Él sabía que la VIDA entregada no podía morir sin más. Y se encendió una gran luz a la orilla de la playa, algo estaba ocurriendo. Era Él, ¿Cómo podía ser aquello? HABÍA RESUCITADO. Y de tanta alegría y tanto gozo, no pudimos guardar el secreto sólo para nosotros, sino que fuimos cantándole a todo el mundo que CRISTO ES LA LUZ DEL MUNDO, EL QUE ROMPIÓ LAS TINIEBLAS… Y también nosotros renunciamos a las tinieblas y renovamos nuestra promesa del bautismo. El cansancio de los días anteriores había desaparecido porque Dios fue grande con nosotros y cuando parecía que nos había dejado solos en realidad Él nos llevaba en sus brazos, susurrándonos al oído:

“YO SOY EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA”.

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