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| ENTREVISTA
A SOR JUANA ELIZONDO (Ángel
de la Parte y Antonio Bellella) |
| Con
22.736 Hermanas, presentes en 93 países, las 2.403 comunidades
de las Hijas de la Caridad, constituyen la Sociedad Apostólica
más grande de la Iglesia. En vísperas de su VII Asamblea
General, nos hemos puesto al habla con la Superiora General, sor Juana
Elizondo. Desde aquí le agradecemos que nos haya regalado su
tiempo y su sabia palabra. |
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Las Hijas de la Caridad fueron en su día un proyecto
valiente que favoreció la integración activa de la mujer
en la sociedad y en el apostolado. ¿Cómo continúan
hoy su proyecto? |
| En
cuanto tal proyecto sigue más o menos igual, aunque hoy ese
lanzamiento audaz de colocar a las Hermanas en pleno mundo, en medio
de los pobres, se ha generalizado a otras muchas congregaciones y,
por lo tanto, ha perdido su novedad y ya no resulta tan llamativo.
Hoy las audacias consisten más bien, al igual que para las
otras Congregaciones, en estar presentes en situaciones de riesgo.
En este sentido admiro la valentía de las Hermanas. Desde mi
experiencia puedo decir que el mayor sacrificio que se les puede sugerir
es invitarlas a retirarse de situaciones de peligro. Lo hemos experimentado
en los sucesos de Ruanda, de Argelia, del Congo. Actualmente lo vemos
en las hermanas que estan en Belén y en otras partes del mundo.
En realidad, es una constante en la historia de la Compañía.
La respuesta de las Hermanas, en estos casos, es siempre la misma:
¿cómo vamos a abandonar a los pobres, ahora que es cuando
más nos necesitan? |
| ¿Podría
indicarnos en qué campos apostólicos considera que es
más necesaria hoy la presencia de la mujer consagrada? |
Son
tantas las urgencias que vemos en el mundo actual que no resulta fácil
hacer una selección. Estos últimos años, las
Hijas de la Caridad estamos prestando una atención especial
a los que consideramos más abandonados, como son los enfermos
de sida, que en algunos continentes se encuentran en situaciones verdaderamente
trágicas, la infancia desamparada: es decir, los niños
de la calle, los huérfanos de guerra o fruto de catástrofes,
los niños desnutridos, los no escolarizados y también
los ancianos solos y abandonados, incapaces de subvenir a sus necesidades.
Otro campo no suficientemente atendido es el de la mujer necesitada
por diversos motivos: en muchos países no son considerados
sus derechos como ser humano, no tiene acceso a la más mínima
formación y promoción, con frecuencia es maltratada.
La lista podría alargarse con pobrezas antiguas
y nuevas, permanentes y esporádicas, como los refugiados, las
víctimas de la emigración forzada, etc. Dos servicios
me parecen urgentes en esta sociedad enferma de soledad a pesar de
la abundancia de medios de comunicación, son la acogida y la
escucha. Quizá no podamos resolver muchos de los problemas,
pero mediante la buena acogida y la escucha atenta y respetuosa, reconocemos
la dignidad de la persona que tenemos delante. Cuánta enfermedad
mental y cuántos suicidios se podrían evitar. |
| Ustedes
han sido durante siglos una presencia viva de la Iglesia en las situaciones
más difíciles, ¿podría referirse a algún
proyecto concreto? |
| Procuramos
caminar en esa misma dirección. En las Hermanas hay, en general,
una gran disponibilidad como respuesta a lo que dicen nuestras Constituciones:
“Del Hijo de Dios aprenden las Hijas de la Caridad que no hay
miseria alguna que puedan considerar como extraña a ellas…
múltiples son las formas de pobreza, múltiples también
las formas de servicio…”. Es verdaderamente admirable
la respuesta de las Hermanas cuando se lanza una llamada para cualquier
situación difícil: catástrofes, refugiados,
enfermedades de riesgo, situaciones de peligro... Con frecuencia
son ellas las que nos alertan y nos impulsan citando la audacia de
los Fundadores. |
| En
las visitas a sus comunidades entra en contacto con muchas Hermanas,
¿qué tres preocupaciones fundamentales constata? |
| Las
Hermanas, siempre y por carisma, son muy sensibles ante la situación
de los pobres cuyos derechos no son respetados, y que carecen de lo
más elemental para la vida del ser humano; percibo no sólo
inquietud sino hasta cierta angustia de no poder salir al paso de
todas sus necesidades con un servicio de calidad que dignifique a
la persona. Angustia de ver a los pobres privados de sus derechos
y de lo más elemental necesario para la vida. En segundo lugar,
también, constato cierta inquietud por mantener el equilibrio
necesario entre la vida espiritual que fundamenta y apoya la actividad
apostólica, el servicio que con frecuencia resulta excesivamente
absorbente y la comunidad fraterna, donde se vive y se muestra el
amor mutuo, al mismo tiempo que se rehacen las fuerzas para la misión.
Falta tiempo. Lo tercero, sería la lucha constante contra la
amenaza de la sociedad de consumo, que contrasta dolorosamente con
la pobreza y la miseria de las personas a quienes sirven las Hermanas
y cuyas angustias comparten. Las consecuencias negativas de la globalización
que marginan cada vez más a los pequeños. |
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