Ego sum Cayus Aurelius Valerius Dioclecianus, Imperatore
Romanurum, ¿Quid
avis? Estas y otras palabras, casi siempre en español, nos
acompañaron a los 16 monitores y a los 80 niños que
participamos en el Campamento Vicenciano de este verano en Benagalbón.
Del 3 al 13 de agosto nos convertimos en un campamento romano,
en concreto, el de la Legio Invicta Benagalbensis. Recibidos por
la música de Gladiator, vimos, al fondo en el escenario, un templo
romano donde todas las noches se nos aparecía el oráculo
y nuestro campamento. También en el escenario, pero en primer
término, un pozo, el despacho del cónsul de nuestro
campamento y un carro tirado por un caballo que tuvo que sufrir
incansablemente los envites del viento que, de vez en cuando, intentaba
tirarlo y de paso, desmontarnos el escenario.
Los monitores nos levantábamos para laudes a las 8:30 y al
terminar despertábamos a los niños que dormían
como benditos después de que se constituyera la "patrulla
antisiesta" para el tiempo libre de después de comer.
Después de desayunar y hacer un ratito de oración teníamos
el primer taller en el que un día hicimos un estandarte para
nuestra centuria, otro día nos hicimos unas pulseras, otro
unas camiseta con el emblema de nuestra centuria..., y después
el primer juego.
Por la tarde, después de comer y de defendernos de la referida "patrulla
antisiesta" o jugar al fútbol bajo la "supervisión" de
Pedro bajábamos a la playa donde era necesario comportarse
como una auténtica legión para poder conquistar un
sitio suficiente donde situarnos todos. Sor Isa nos traía
la merienda (con batido frío incluido) tras la que, y después
de un último baño, volvíamos al Campamento
en el que nos esperaba un concienzudo manguerazo para quitarnos
la arena.
Otro juego o taller, la cena y la gran velada se interponían
entonces entre nosotros y la próxima mañana. Pero merece
la pena recordar algunos de los juegos y veladas de la noche: el
teatro que representamos la última noche, unos con más
suerte y fortuna que otros; las danzas del festival megalesio en
honor de la diosa Cibeles; la película Hércules que
vimos en una pantalla gigante gracias a un monitor que se pasó toda
la cena intentando colgarla (por supuesto, cuando se sentó a
cenar se cayó); o el juego del sitio de Alesio en el que teníamos
que acercarnos sigilosamente a un faro para intentar conquistarlo.
Han sido muchos los personajes que nos han visitado y que nos han
hecho partícipes de sus hazañas o desdichas. Rómulo
para empezar, Cicerón, Trajano, Cibeles, santa Elena,... y
un largo etcétera en el que me gustaría destacar a
la diosa Minerva que nos contó la historia de la desdichada
Medusa. La pobre chica osó desafiar a la diosa a un combate
de belleza. Minerva, muy enfada, decidió en su línea
habitual (a Aracne la convirtió en otro lance a araña)
convertir los cabellos de Medusa en serpientes y transformar su rostro
en tal fealdad que cualquier ser la mirara se convertía en
piedra, ¡vamos! que mejor no encontrársela por ahí.
Jesús Moreno Roldán
(JMV - Málaga) |