| Tener la experiencia de Cristo Resucitado en mi vida
es algo que, cada año, me colma de alegría y además, "me
renueva por dentro".
Pero no queda ahí la "cosa"..., es algo así como
ese "empujón" que necesitaba en mi vida, esa esperanza,
ese mantenerme en pie y esa alegría de saber que Cristo está vivo
y que me acompaña en mi camino.
Este año había deseado "ardientemente" celebrar
la Pascua en Torre de Benagalbón, como otros años,
a pesar de que en la Provincia había una "gran oferta":
vivir una Pascua Rural teniendo siempre como referencia lo vivido
en Benagalbón.
No le di mucha importancia cuando las inscripciones llegaron a mi
Centro, aún muriéndome de ganas interiormente por saber,
por conocer cuál era esa otra realidad, y por qué la
gente que lo había experimentado volvía "diferente"...
Pero, "¡NO!", me dije a mi misma: "no es mi
momento, otro año será". Y ahora he de decir: "nuestro
tiempo no es el tiempo de Dios".
Yo pensaba que, ante tal oferta, muchos jóvenes, sobre todo,
aquellos que ya hemos vivido MUCHAS Pascuas en Benagalbón,
iban a estar muy decididos a evangelizar por los pequeños
pueblos de Málaga pero no hubo la respuesta esperada.
Sólo Alicia y Sor Mª Teresa, como otros años,
estuvieron preparando, organizando y creando ese clima interior para
poder llegar a todas esas personas desde su experiencia y compartir
con ellas la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor.
Pero, hacía falta gente, un "grupito", que llegara
al menos a los niños y adultos de los pueblecitos de la Axarquía
de Málaga: Benaque y Los Íberos.
Fue entonces cuando a "muchos" se nos despertó "el
gusanillo" y nos decidimos a tomar esa opción de "salir
de nosotros" y entrar en los otros, contagiando nuestra manera
de vivir y celebrar estos días desde nuestra fe.
Así, la tarde del Jueves Santo nos repartimos en dos grupos:
Sor Mª Teresa, Laura e Isa, estuvieron en Benaque; y Alicia,
Patricia, Leticia y Enrique, en Los Íberos.
Dicen que los cinco primeros minutos de experimentar algo nuevo
marcan mucho a la persona, y yo creo que eso nos ocurrió a
todos. La primera impresión fue muy buena, y lo mejor fue
que perduró hasta el final.
Por las mañanas llevábamos a cabo actividades lúdicas
con los niños de los pueblos, acordes con los día que
vivíamos, como una forma de catequizar.
Desde el primer momento, nos sentimos muy acogidos por todos y cada
uno de ellos. Entrábamos a sus casas y los animábamos
a celebrar la Pascua: los Oficios, la Hora Santa, el Vía-Crucis,
el Rosario, la Vigilia Pascual...
Es una experiencia muy gratificante y os animo a que la viváis.
Es como el grano de trigo que tiene que salir de su cáscara,
tiene que morir a sí mismo para convertirse poco a poco en
masa y poder repartirse en pan para todos.
Leticia Calzado Moreno
JMV Fuengirola
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