Han sido unos Ejercicios Espirituales diferentes a los de otros
años pero no por ello menos ricos y profundos. Y es que esta
vez, además de los momentos de reflexión y oración
personal hemos tenido ocasión de compartir también
intensos momentos en grupo que han resultado muy enriquecedores.
Porque escuchar la experiencia de los demás te hace también
interiorizar y reflexionar sobre determinados aspectos que de otro
modo probablemente nos hubieran pasado desapercibidos.
Dios siempre nos habla a través de
nuestros hermanos, sólo debemos prestar un poco de atención…
El Padre Juan Miguel nos ofreció unos formidables comentarios
sobre algunos textos bíblicos: “El Encuentro
de Jesús con la Samaritana” (Jn 4,5-12), “El
joven rico” (Mc 10,17-22) y “Las bienaventuranzas”
(Mt 5,1-12) a través de los cuales nos enseñó
algo tan importante como es aprender a leer e interpretar la Biblia
y nos ayudó a conocer un poco mejor cómo vivió
Jesús y a tener más claras las actitudes que debemos
tomar para seguirle.
A medida que avanzábamos, nuestra ilusión
crecía y eso se notaba en el ambiente cada vez más
acogedor y cálido que nos envolvía…
En el desarrollo de estos Ejercicios aprendimos también
algo inesperado para todos: rezar el Rosario, una oración
maravillosa que siendo un gran vínculo del amor a Dios y
a la Virgen, sin embargo no suele estar presente en nuestra vida
como cristianos que somos, y deberíamos tenerlo en cuenta.
Además, estos Ejercicios Espirituales han resultado ser
también buena prueba de que JMV no es una
Asociación hermética y cerrada sino todo lo contrario,
pues hemos tenido el privilegio de contar con la presencia de algunas
personas que no perteneciendo a la Asociación nos han enriquecido
con sus intervenciones y con sus actitudes y nos han demostrado
una vez más que, como decíamos antes, Dios siempre
nos habla en cada uno de nuestros hermanos.
En definitiva, en estos Ejercicios comprendimos que todo el que
tenga sed debe saber que Jesús siempre nos trae agua viva,
que nos trae el Espíritu de Dios que todo lo sacia y todo
lo llena.
Así que no debemos tener miedo y, tal y como hizo la samaritana,
dejemos nuestro cántaro y corramos a compartir con otros
lo que hemos descubierto: que seguir a Cristo es lo que nos hace
felices.