El viaje duró
una hora y cuarto, pero se hizo muy ameno, pues recordamos cantando
canciones de la infancia, de Antonio Molina, de Manolo Escobar…
y todo el folklore que se nos iba ocurriendo. Teníamos cuerda
para rato y no era para menos pues el coche iba rebosando de una
gran juventud acumulada, pues los años no son sólo
eso, sino también son experiencia y saber.
Cuando pisamos tierra no nos lo
podíamos creer. El lugar era maravilloso. Todo verde y regado
por las aguas del río Segura. El lugar era fantástico,
pues allí estaba construida sobre la roca de la montaña
la ermita más rústica y sencilla, a la vez que bella
y tranquila. Cobijaba a la patrona del pueblo “La Virgen de
la Esperanza”. Se la había encontrado en unas excavaciones
realizadas. Cuando llegamos, por turnos, fuimos visitándola.
Es admirable ver la fe de nuestros mayores, tan arraigada.
Después de la caminata,
el refrigerio y unos poquitos de cantos para animar al personal.
Poco a poco se pasaron las horas y la comida nos esperaba. Y para
bajarla, que mejor manera que haciendo algún jueguecito en
que todos pudieran participar.
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