2 Y 3 DE FEBRERO DE 2008
Cuando me confirmaron que contaban conmigo para la convivencia del primer fin de semana de febrero, casi no me lo podía creer. Se estaba haciendo realidad un deseo que, por mis años de vocación, me parecía que no iba a ser posible: participar en un Encuentro de Hermanas Jóvenes.
Unos días antes de la fecha indicada, llegó la “invitación oficial” en forma de carta mandada por Sor Cornelia, donde, además de animarnos a su asistencia nos llamaba a colaborar en su preparación.
El plan funcionó a la perfección. A Teror llegamos con el “avituallamiento” solucionado: no sólo el material (menús incluidos) sino el espiritual (liturgias, oraciones). A pesar de ésto, la cocina se convirtió, como en muchas casas, en “punto de encuentro” y “taller” donde practicar la colaboración y la solidaridad.
Una vez instaladas se presentó el horario de actos, que fue seguido con gran flexibilidad. Como desde un principio se había creado un buen ambiente, una auténtica CONVIVENCIA, noté que las reflexiones no suponían un “corte”, un “pasar a otro tema” sino que contribuían muy mucho a enriquecer la tertulia.
Buena parte de esto se lo debemos al P. Director que supo escoger unos temas en los que cualquiera de nosotras podía verse reflejada.
Para abrir boca nos hizo reflexionar sobre los procesos evolutivos. Aquí se reflejaban los dilemas más comunes que afectan a las Hermanas de nuestra edad. A esta etapa la denominaba “tiempo de rutina”, ya que se da por supuesto que, al llevar ya unos años en la Compañía, los mayores conflictos de adaptación están ya superados. Sin embargo, el tema nos invitaba a descubrir (si no los hemos descubierto ya) otra serie de retos que, si los damos de lado, más adelante “chirriarán”. Tal es el caso de:
- El equilibrio entre trabajo y descanso,

- la interioridad (sin descartar la tensión que se puede crear entre la propia afirmación y el ideal comunitario),
- la afectividad (tendiendo a buscar esa forma de amistad profunda que respeta la libertad y no acapara, según el modelo de la amistad que vivieron San Vicente y Santa Luisa, como colaboración respetuosa y oblativa) y
- el cuidado de una misma. Para ésto el Padre proponía un sano ejercicio: ponerse en el lugar de las personas que atendemos y reclamar el trato respetuoso que las personas merecen. Esto podría ser una efectiva vacuna para que no se sigan dando los casos de personas que han sido tremendamente generosas y han terminado en un pozo de amargura.
En el 2º tema. nos acercamos a la experiencia de una religiosa destinada en Argelia, que es testigo de varios asesinatos por parte de integristas musulmanes. Aquí se nos relata su peregrinación de fe hasta asimilar que el mismo Dios Todopoderoso ha elegido ser débil y sufrir con los que sufren.
Los temas concluyeron con una reflexión inspirada en el Evangelio de la Samaritana. Tomando como base la experiencia de la mujer, se nos invitaba a interiorizar sobre las realidades que nos apartan de nuestro centro y obstaculizan la bajada a la fuente. El Padre nos proponía estas cuatro:
- La agenda llena pues nos parece que somos mejores Hijas de la Caridad cuando más ocupadas estamos.
- La velocidad constante, viviendo aceleradas, sin estar enteras y atentas con la gente, mirando sin
ver.
- La comunidad sin novedad, pues nos parece que va a seguir siendo más de lo mismo y perdemos la oportunidad de descubrir que ese día a día comunitario, con sus encuentros y desencuentros es nuestra principal escuela de humanidad. Y que si somos capaces de vivir juntas es porque Otro se pone en el centro y nos da la posibilidad de superar las diferencias.
- La vida fragmentada, consecuencia de lo anterior. Experimentamos un malestar por la distancia entre lo que decimos y vivimos, entre lo que deseamos y torpemente realizamos.
Las oraciones, la liturgia de las horas, la Eucaristía, todo preparado con esmero, iban cargando nuestras “pilas” emocionales, que se van gastando en el trajín diario.
No quiero terminar sin mencionar a un “invitado” muy especial, que nos tuvo pendientes de su experiencia de fe hasta bien entrada la noche. Pero valió la pena. Con una película muy lograda, nos trasladamos a una gran ciudad de principios del siglo XIX, y, de la mano de San Juan Bosco, nos introducimos en la realidad del mundo obrero y de una sociedad que no ofrecía oportunidades a la juventud. A pesar de no tener apenas apoyos para su proyecto, consiguió que aquellos jóvenes sacaran lo mejor de sí mismos, ofreciéndoles una buena formación y confiando plenamente en ellos.
Con la visita a la Virgen del Pino (¡faltaría más!) y un paseo por la Montaña de Arucas de propina, dimos por concluidas estas memorables jornadas, que desearía que todas pudiéramos disfrutar.
Agradezco de corazón a la Provincia su disposición a ofrecernos todos los medios a su alcance para nuestra formación “recorrido de toda la vida” (C. 52) y sólo puedo añadir: “QUE NUNCA LAS MAÑAS PIERDAN”.
Sor Candelaria de León.
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